
«Cuando volví al trabajo después de tener a mi primer hijo decidí dejarlo con mi suegra, que estaba con él todo el día, las ocho horas laborales. Pero después, al quedar embarazada del segundo, me parecía un exceso que ella cuidara de los dos. Además, me daba la impresión de que me estaba perdiendo muchas cosas.
Cuando llegaba a casa sólo me daba tiempo a dar de cenar a mi hijo mayor y acostarlo, no estaba presente en ninguno de sus avances, que empezaban a ser muchos».
El problema es que no podía dejar su puesto, por lo que planteó una solución a su jefe: hacer su trabajo, el de diseñadora gráfica, desde casa. «Al principio estuve un mes a prueba, y lo cierto es que tardé en organizarme porque no es lo mismo trabajar en un ambiente laboral que crearlo en tu propia casa sin desatender a los chicos.
Pero poco a poco busqué los huecos en los que podía concentrarme, cuando ellos dormían, y acordé con mi marido que él se ocuparía de ellos en cuanto regresara a casa para poder sacar mi trabajo adelante. Es duro y cansador, pero lo que disfruto ahora de ellos compensa el esfuerzo».
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