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Cómo lograr que sus hijos planifiquen las tareas y actividades

¿Cómo podemos conseguir que los chicos planifiquen todo con anticipación para no andar después a los apurones?

Las escenas de los niños haciendo todo a último momento porque no tienen tiempo son bastante habituales y, generalmente, hacen que los chicos pierdan los estribos (al comprobar que se les vino el tiempo encima) y los padres también (que les repiten incesantemente que deben hacer las cosas antes).

En la base de este problema está la falta de planificación. Nuestros hijos, en este período, están evolucionando psicológicamente. Hasta ahora sólo sabían organizarse a partir de lo concreto, de las cosas que tenían presentes en su contexto.

A partir de los siete u ocho años, empiezan a ser capaces de hacer abstracciones y de resolver situaciones hipotéticas. Comienzan a poder jugar con las relaciones temporales: ya pueden, además de contar con el presente, tener en cuenta hechos situados en un futuro no demasiado lejano.

Partiendo de esta adquisición en el terreno psicológico es muy importante que los padres les enseñemos cómo disponer de su tiempo pensando no sólo en el ahora inmediato, sino más allá.

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No ser autoritarios con los niños cuando mienten

En cualquier caso conviene no mostrarse excesivamente inquisitivos ni exigentes. Si establecemos para nuestros hijos demasiadas normas de conducta rígidas e inviolables y, además, les exigimos una transparencia y sinceridad absolutas, estaremos sembrando (aunque pretendamos lo contrario) la semilla del ocultamiento.

Incapaces de satisfacernos, empezarán a echar mano de ciertas “mentiras piadosas” para no herimos o decepcionamos, para no perder nuestro amor o para evitar nuestra censura. Y hasta éstas pueden convertirse en un hábito.

Tampoco se trata, por supuesto, de aprobar ni alegrarnos de sus mentiras. Debemos mostrar nuestro desacuerdo, pero también preguntarnos qué puede haber detrás de ellas. ¿Quizá nuestro hijo no se siente a la altura de lo que exigimos de él? ¿No confía en nuestro cariño incondicional? ¿Le estamos dando un mal ejemplo con nuestra propia falta de sinceridad?

No será acosándolo a preguntas como hallaremos la verdad, sino reflexionando y creando un clima de tranquilidad y confianza que le permita abrirse ante nosotros y contamos lo que realmente siente y piensa.

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Qué hay detrás de la mentira constante

Si una de estas mentiras se da sólo de vez en cuando, está dentro de lo normal. Bastará con decirle claramente a nuestro hijo que no aprobamos las mentiras, que pueden disminuir nuestra confianza en él y, en el caso del ejemplo anterior, que su hermano no tiene que cargar con la responsabilidad de algo que hizo él.

Si estos episodios se repiten, tendremos que plantearnos qué ocurre. Muchas de estas mentiras las produce el miedo. Miedo al castigo, miedo a defraudarnos.

Cuanto más severos y autoritarios seamos, más fácil es que nuestros hijos recurran a la mentira. En algunos hogares no puede derramarse un vaso sobre un mantel sin que haya que buscar a un culpable a quien reprender. Es difícil exigir sinceridad u honradez a un chico que crece con el temor permanente a la desaprobación o el castigo.

A veces, nosotros mismos podemos no ser conscientes de qué actitud nuestra provocó el temor del chico (un bofetón, un castigo exagerado). Es importante que intentemos descubrir la imagen que nuestros hijos tienen de nosotros y tratemos de establecer con ellos una relación basada en la confianza. Seguir leyendo

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Se puede enseñar a los chicos a amar?

Aunque ya ha aprendido las primeras sílabas y las pronuncia, el bebé sigue transmitiendo miles de mensajes afectivos a través de su mímica gestual.

“Mis hijos son gemelos y los atendemos simultáneamente mi mujer y yo. Nuestro hijo es más cariñoso que la nena. Aún así, nos obsequia con sonrisas, carcajadas y tirones de pelo acompañados de balbuceos” señala un papá interesado en saber si se puede enseñar a querer a los hijos. Una pregunta difícil de contestar, ya que el sentimiento profundo de afecto no se puede aprender, se debe sentir.

Lo que ocurre es que, a esta edad, los chicos no están capacitados para demostrar los afectos como los adultos. Sin embargo. se los puede ayudar a expresarlos si désete temprano se establece una buena comunicación en el núcleo familiar.

Por el contrario, cuando el adulto no sabe o le cuesta demostrar su cariño al pequeño, éste tendrá dificultades no sólo para expresar sus sentimientos, sino para crecer y construir su afectividad.
Esto no significa que los padres tengan que ser perfectos. En los vínculos afectivos se producen oscilaciones totalmente normales.

Un día, el adulto puede estar cansado y no tener ganas de acariciar al hijo, o al revés. Son situaciones aisladas que no alteran la relación afectiva, pero si los desencuentros son permanentes, pueden causar trastornos en el chico, que conviene remediar cuanto antes consultando a un psicólogo.

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Debo corregirlo y enseñarle cuando pinta mal o juega?

Todos los materiales resultarán realmente útiles si permitimos que los chicos los utilicen con libertad. No tiene sentido intentar dirigir su trazo cuando está dibujando “para que quede más lindo”. Tampoco sirve intervenir en sus juegos con frases como “la media va en la patita del oso” cuando el niño está poniéndosela en la mano a modo de guante. O bien, “así no se toca el tambor, te enseño cómo se hace”.

Nuestra tarea como padres no es criticar ni juzgar ni corregir. Es, sencillamente, observar, ayudarlos si nos lo piden, participar si ellos nos incluyen, procurar que no se hagan daño y disfrutar con el espectáculo.

Si nuestros hijos nos invitan a entrar en sus juegos, tenemos que mantenernos en un segundo plano y aceptar que son ellos los que mandan con su lógica infantil. Es decir, si nos sirve una taza de un supuesto té con la tetera al revés, lo correcto es exclamar “¡Qué
té tan rico!” y no “Da vuelta la tetera para servir”, o peor aún: “Deja, que lo sirvo yo”.

No olvidemos tampoco que algo que puede sofocar cualquier conato de creatividad es ponerse didácticos. Si el pequeño está pintando, no hay que decir “A ver, ¿qué color es éste? ¿Y ése? ¿Y el de más allá?…”. O si juega a formar una torre con cubos, intervenir con una frase pretendidamente educativa como: “¿Cuántos cubos hay aquí?” o “El cubo grande va primero, el mediano después y al final el más chiquito”.

El juego creativo perderá todo el interés para convertirse en una obligación. Cuando empiece el jardín, el pequeño tendrá oportunidad suficiente de aprender a contar, a nombrar colores, tamaños, formas y objetos.

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Verdades que no hay que olvidar

• El ejemplo es importante: todos mentimos alguna vez, pero si el fingimiento es moneda corriente de nuestras relaciones, los chicos nos imitarán.

No lo llamemos “mentiroso”: si le aplicamos esta etiqueta, es posible que actúe de acuerdo con ella en lugar de corregirse.

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Caries: cómo evitarlas y cómo tratarlas

El tratamiento de caries en la dentición primaria constituye el aspecto más importante de la odontopediatría. Siempre es mejor prevenir que curar, por lo que recomendamos que evite en sus hijos el desarrollo de caries.

Además de los problemas genéticos o de mala oclusión dentaria, casi toda la labor de esta especialidad se centra en prevenir y reparar el daño que producen las caries.

Plan de tratamiento
En la primera visita se realiza el examen clínico de la boca de los chicos y, ayudados por el examen radiográfico, se llega a un diagnóstico y plan de tratamiento que se les explica a los padres detenidamente en la próxima visita.

Ya con un diagnóstico de caries, el tratamiento se encara hacia dos aspectos fundamentales:

- Eliminar la causa. Es decir, la infección que siempre acompaña a la caries activa en toda su evolución.

- Restaurar la forma del diente que se perdió por la cavidad de caries respetando su biología y, con ello, su rol importantísimo en las funciones orales del niño: masticación, fonación, estética, psíquica.

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Aprender a decir no a los hijos

Nuestra actuación es esencial en estos primeros años en los que las conductas todavía no se han fijado. Los padres tienen la responsabilidad de saber cómo y cuándo actuar, para prevenir que este comportamiento se instaure y se refuerce en el chico.

El punto de partida es aprender a decir no cuando es justificado. Una norma básica es que, una vez que se ha negado algo, es necesario mantener la postura, para que el pequeño no vea una debilidad; necesita firmeza y mucho cariño.

Justo a la hora de la comida, se le antoja un helado gigante. El niño llora y patalea; la madre termina cediendo. ¿Qué aprende el niño? Que a fuerza de resistencia, siempre consigue lo que quiere.

Esto no implica que tengamos que ser inflexibles. Tan nocivo es decir que sí como no por sistema. Lo lógico es encontrar un equilibrio entre lo permitido y lo negado. En la medida de lo posible, hay que evitar que haya días, semanas o períodos en que a todo se le diga que no.

Se aconseja resistir con paciencia y mantener el no. Y, si se nos ablanda el corazón, cambiar el objeto deseado por algo que no sea material, nunca después de la rabieta. Se le puede decir: “Como te portaste bien, esta noche vas a jugar un rato más antes de acostarte”; “Vamos a preparar juntos una torta para mañana”; “Iremos al zoo este fin de semana”…

Hay que evitar a toda costa que los chicos recurran siempre a lo tangible; enseñarles a valorar otros aspectos, como juegos, salidas, actividades… Es más sano y no terminarán siendo eternos pedigüeños.

Paciencia, resistencia y sabiduría. Así se pueden resumir las claves de una buena educación para prevenir conductas que no toleran la frustración. El arma fundamental que tienen los padres es la argumentación, por supuesto, al nivel del chico. Siempre conviene explicarle por qué no podemos darle lo que pide.

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Entre los 3 y 4 años, no se conforman con nada

Es la edad de los ensayos de comportamiento. Nosotros somos su público, y de nuestras reacciones dependerá su papel real en la vida.  “Todos los días me pide un juguete nuevo”; “Cuando vamos a hacer las compras, no deja de protestar y llorar hasta que consigue una chuchería”; “Se le antoja todo y arma un escándalo si no le damos lo que pide”.

La insatisfacción infantil es motivo de consulta de la mayoría de los padres y constituye un aspecto de vital importancia en la educación de los hijos. Los chicos prueban a los padres, necesitan saber cuál es su poder y el lugar que ocupan dentro de la familia.

Y de esas tentativas aprenden rápidamente que utilizando un comportamiento determinado pueden salirse con la suya: insistiendo, poniéndose pesados, llorando, gritando…

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Cualquier momento es bueno para jugar

No es necesario que los padres organicen un tiempo especial “para el fomento de la creatividad”. Por lo general, un chico que dispone de libertad, espacio y materiales, se organiza solo.

Además, cualquier momento de la vida cotidiana puede convertirse, sin mucho esfuerzo, en un instante creativo. Por ejemplo, terminamos de comer y sobre la mesa hay una gran fuente con frutas.

¿Qué pasa si agarramos unas bananas y las transformamos por arte de magia en otra cosa? Las bananas se convierten en teléfonos inalámbricos y todos mantenemos una divertida charla. O jugamos a fornidos levantadores de pesas con un melón…

Mientras nosotros cocinamos, ellos pueden hacer escultura con un trozo de masa o de miga de pan. O bien, antes de dormir, podemos dejar que los chicos nos peinen y nos llenen la cabeza de horquillas o nos maquillen (las cremas desmaquilladoras lo borran todo). Una silla puede ser un trono y una bañera, un barco pirata..

Tan importante como un chico creativo son unos padres creativos. Los adultos deben ser capaces de jugar e imaginar, de dejar a sus hijos en libertad y de no hacer una tragedia si algo se ensucia o se desordena.

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