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Aprender a decir no a los hijos

Nuestra actuación es esencial en estos primeros años en los que las conductas todavía no se han fijado. Los padres tienen la responsabilidad de saber cómo y cuándo actuar, para prevenir que este comportamiento se instaure y se refuerce en el chico.

El punto de partida es aprender a decir no cuando es justificado. Una norma básica es que, una vez que se ha negado algo, es necesario mantener la postura, para que el pequeño no vea una debilidad; necesita firmeza y mucho cariño.

Justo a la hora de la comida, se le antoja un helado gigante. El niño llora y patalea; la madre termina cediendo. ¿Qué aprende el niño? Que a fuerza de resistencia, siempre consigue lo que quiere.

Esto no implica que tengamos que ser inflexibles. Tan nocivo es decir que sí como no por sistema. Lo lógico es encontrar un equilibrio entre lo permitido y lo negado. En la medida de lo posible, hay que evitar que haya días, semanas o períodos en que a todo se le diga que no.

Se aconseja resistir con paciencia y mantener el no. Y, si se nos ablanda el corazón, cambiar el objeto deseado por algo que no sea material, nunca después de la rabieta. Se le puede decir: “Como te portaste bien, esta noche vas a jugar un rato más antes de acostarte”; “Vamos a preparar juntos una torta para mañana”; “Iremos al zoo este fin de semana”…

Hay que evitar a toda costa que los chicos recurran siempre a lo tangible; enseñarles a valorar otros aspectos, como juegos, salidas, actividades… Es más sano y no terminarán siendo eternos pedigüeños.

Paciencia, resistencia y sabiduría. Así se pueden resumir las claves de una buena educación para prevenir conductas que no toleran la frustración. El arma fundamental que tienen los padres es la argumentación, por supuesto, al nivel del chico. Siempre conviene explicarle por qué no podemos darle lo que pide.

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Entre los 3 y 4 años, no se conforman con nada

Es la edad de los ensayos de comportamiento. Nosotros somos su público, y de nuestras reacciones dependerá su papel real en la vida.  “Todos los días me pide un juguete nuevo”; “Cuando vamos a hacer las compras, no deja de protestar y llorar hasta que consigue una chuchería”; “Se le antoja todo y arma un escándalo si no le damos lo que pide”.

La insatisfacción infantil es motivo de consulta de la mayoría de los padres y constituye un aspecto de vital importancia en la educación de los hijos. Los chicos prueban a los padres, necesitan saber cuál es su poder y el lugar que ocupan dentro de la familia.

Y de esas tentativas aprenden rápidamente que utilizando un comportamiento determinado pueden salirse con la suya: insistiendo, poniéndose pesados, llorando, gritando…

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Cuando lloran para demostrar afecto a alguien

A veces, el llanto tiene un significado afectivo. Los chicos de estas edades, que no saben expresar bien lo que sienten, lo utilizan para reclamar la presencia de un ser querido.

“Todas las tardes, mi hijo (18 meses) espera jugando conmigo la llegada de su padre. Si él no entra directamente en la habitación donde estamos, para saludarnos, él se pone a llorar”, cuenta la mamá.
Está probado que cualquier bebé tiene fuertes emociones, lo mismo que el adulto. Sin embargo, a la hora de exteriorizar sus amores, deseos y caprichos, se encuentra limitado porque aún no está desarrollado psíquica ni físicamente, ni conoce las posibilidades del lenguaje hablado.

Por eso, el llanto también le sirve para sustituir manifestaciones afectivas. En algunas ocasiones, estas lágrimas de impotencia se producen ante situaciones que él no controla. Y ya que no sabe pedir lo que quiere, la madre, el padre o la persona que habitualmente lo cuida son los que mejor pueden interpretar el anhelo del niño. Lo ideal es que realicen la acción por él, hablando despacio y claramente, mostrándole las palabras que él podrá emplear en un futuro.

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¿Hay que tolerar las manías del otro?

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Las rarezas de la pareja suelen ocasionar conflictos en la relación. Las manías tolerables en los amigos se vuelven insoportables en el cónyuge. ¿Qué actitudes femeninas o masculinas sacan de quicio con más facilidad al otro? ¿Se puede aprender a convivir con ellas? ¿Y cuál es el límite tolerable?

No solemos rechazar a un amigo porque se coma las uñas o tamborilee con los nudillos en la mesa. Sin embargo, esa misma costumbre, en nuestra pareja, puede llegar a desquiciamos porque la proximidad, según los psicólogos, aumenta cualquier defecto.

Después de un primer período idílico, las manías del otro empiezan a incidir sobre la convivencia.

Cuando se descubre que tiene costumbres que nos resultan insoportables y de las que no se da ni cuenta, se produce la primera fisura. ¿Cómo es posible que haga ese ruido con la cucharita? ¿Es que no puede comer chicle discretamente?

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Rebeldía y caprichos en los niños

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Abundan las situaciones de la vida cotidiana en que los chiquitos deben ser especialmente contemplados. Aunque a los padres esto no nos haga la menor gracia. Es habitual que entre los 2 y 4 años pasen por la etapa de la rebeldía.

En este período se despierta la voluntad propia del pequeño y la quiere poner en práctica. Pero como todavía es muy chiquito para elaborar decisiones positivas, se centra en las negativas: se opone a todo. Descubre que decir no es fácil y desencadena efectos espectaculares.

Y si no se hace su voluntad reacciona con violentos ataques de ira. Bueno, es en ese instante cuando, hace falta comprender que en plena rabieta no hay nada que hacer; es uno de los momentos menos propicios para entrar en acción. Seguir leyendo

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Comprendiendo los juegos de los hijos

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No se preocupe demasiado por saber cuál juego necesita su hijo para cada edad. Trate, en cambio, de entender el juego de su hijo. Puedo asegurarle que si usted consigue jugar de igual a igual con su hijo, y comprender el juego, ha llegado a algo muy difícil: lograr comunicarse con su hijo.

Esto es así porque el juego no es algo casual, caprichoso y que sale de este modo por alguna eventualidad. Tampoco es puro placer. En realidad, cuando el niño juega aprende a vivir. En este sentido, es un error suponer que nuestro hijo comienza a jugar sólo cuando camina o habla; mucho antes, en sus primeros meses de vida, el juego se ha hecho presente. Seguir leyendo

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