
En la otra cara de la moneda están los hermanos menores, quienes se benefician enormemente de esta relación fraternal. Para los bebés, los hermanos mayores son una mente de estímulos inagotable, un modelo para imitar y, más adelante, serán personas a las que pedir ayuda, consejo o con quienes compartir experiencias.
La convivencia los volverá menos egoístas y podrán hacer causa común frente a la adversidad. Las reacciones de los bebés ante la actitud de sus hermanos mayores son entusiastas y expresivas. Se hamacan emocionados, dan saltitos, chillan excitados en su “no lenguaje”, sonríen…, en fin, se les cae literalmente la baba.
Además, tanto los chiquitos como los mayores saben que estando juntos la diversión está garantizada. Entre ellos no existen los límites y prohibiciones que rodean al adulto. Se pueden revolcar por el suelo y armar escándalo.
Sin embargo, los adultos deben ser precavidos y no bajar nunca la guardia. Los bebés confían en sus hermanos mayores y éstos pueden flaquear. Los brazos de un chico de seis años no son los de un adulto, por muy fuerte que se sienta. No pueden agarrar a un bebé con la misma firmeza y seguridad que la madre y el padre. Hay que estar, por lo tanto, pendientes y, si el bebé llora o se irrita, tratar de separarlos amistosamente.
Por supuesto, es aconsejable tener en cuenta que a esta edad no podemos hacerlos responsables de un bebé. Evidentemente, no todos los chicos son iguales ni los múltiples factores que inciden en una relación fraternal son los mismos. Puede haber algunos que se interesen mucho por la vida del bebé aunque ésta sea aún muy limitada, y benjamines que adoren al primogénito aunque éste los mire con recelo. Son encuentros afectivos al fin y al cabo y, por lo tanto, imprevisibles.