
Como es lógico, las enseñanzas no pueden estar estructuradas en disciplinas como lo están en otras etapas educativas. Para chicos tan pequeños los contenidos no se agrupan en asignaturas, sino en áreas o ámbitos de experiencias significativos para ellos.
La primera área es identidad y autonomía personal. Hace hincapié en el conocimiento del cuerpo y de sus posibilidades y limitaciones, en la confianza en uno mismo, la autoestima y el desarrollo de hábitos de autonomía personal.
La segunda área, medio físico y social, tiene en cuenta la relación del niño con otros niños, con los adultos, con el espacio, con los materiales, con la naturaleza, anímales… y todo lo referente a la manipulación, observación y experimentación.
En la tercera, Comunicación y Lenguaje, se aborda lo concerniente a la comunicación y la expresión en todas sus facetas: oral, escrita, plástica, gestual, corporal, musícal, matemática…
Es preciso partir de una premisa: todo se aprende a través del juego. Olvidémonos de pupitres, bancos, mesas, encerado… El aula infantil debe ser un espacio en movimiento, ágil, alegre, donde quepan todo tipo de relaciones, de experimentaciones, de curiosidades.
Las actividades cotidianas también se vuelven educativas: en la comida, no sólo se está aprendiendo a comer de todo, sino también a colaborar (poner la mesa), a relacionarse (conversar con los compañeros), a ajustarse a unas normas (hay que permanecer sentado, utilizar los cubiertos…), etcétera.
Los padres deben desconfiar de esos centros que no permiten el acceso a los espacios donde los niños pasan la jornada escolar. La escuela debe estar abierta en su sentido más amplio: los papas podrán llevar a sus hijos hasta dentro del aula, entrar en el momento de la salida e intercambiar información constante con los docentes.
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