
La posibilidad que ofrece el juego de entender y asimilar situaciones difíciles o angustiantes se mantiene a lo largo de toda la infancia. Por eso el niño luego de una enfermedad juega al médico y a poner inyecciones. En el juego él es el médico y pone las inyecciones; así, de agente pasivo (enfermo) pasa a ser activo (medico que pone las inyecciones). Es decir, hace a un muñeco lo que le hicieron a él.
Recuerda que es muy frecuente que los chicos se asusten por cualquier razón mientras se bañan y que luego se nieguen a ser introducidos en la bañadera. En esos casos, si la mamá le ofrece una bañaderita de juguete, o una ollita, y un muñequito para que el chico lo bañe le estará permitiendo que juegue a algo que le da miedo, y así podrá superarlo.
Jugar con los sonidos primero y con las palabras después, jugar a meter y sacar, a arrastrar y patear, a ensuciarse y llevarse todo a la boca… Todos y cada uno de los juegos pueden ser vistos desde esta perspectiva: la de una apasionante experiencia de vida, que se corresponde con distintas etapas evolutivas.El niño que juega, investiga. Y por lo tanto, necesita cumplir una experiencia total que debe respetarse. Su mundo es rico, cambiante, e incluye interjuegos permanentes de fantasía y realidad. Si el adulto interfiere e irrumpe en su actividad lúdica puede perturbar el desarrollo de la experiencia decisiva que el niño realiza al jugar.
No son muchos los juguetes que necesita para esta actividad; por el contrario, si son demasiados pueden trabarlo y confundirlo en sus experiencias. Tampoco precisa grandes espacios, pero sí un ámbito propio del que se sienta dueño. En definitiva, el niño que juega bien, tranquilo, con imaginación, nos da una garantía de salud mental, aunque tenga muchos pequeños síntomas que angustien a los padres.
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