
Ubicado entonces el niño en el sillón odontológico, le contamos y enseñamos todo sin excepción. Recordemos que él le teme específicamente a lo desconocido y al dolor pero, muchas veces, está mejor capacitado que el adulto para sobrellevar muy bien las incomodidades propias de la atención odontológica.
De esta manera, en dos o tres sesiones de 10 a 15 minutos cada una, podrá hacer una elaboración de la situación y superar y aceptar las distintas técnicas. Entre ellas, la primera, la anestesia local, que debe realizarse como un paso de rutina y que si se hace sin dolor y con una explicación previa, los chicos no presentan ningún problema.
Después, el dentista lleva a cabo nuestra labor, con el pequeño paciente en relax, el campo de trabajo aislado (para seguridad del niño, comodidad del profesional y rigor de las técnicas) y sin dolor.
Al finalizar la tarea, se invita a la madre a tomar asiento en el lugar de la asistente y le mostramos y explicamos lo realizado sin que su hijo se haya quejado. En ese momento, la expresión serena del niño y la de asombro y felicidad de la madre hacen que la odontopediatría así realizada resulte altamente gratificante.
La secuencia descripta se cumple en el 90 por ciento de los pacientes; la excepción la constituye un 10 por ciento, los llamados niños difíciles. Casi todos estos chicos tienen un diagnóstico clarísimo de educación permisiva, y sus berrinches y actitudes espectaculares en el consultorio del dentista son las mismas que “ofrecen” en cualquier otra circunstancia.
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