
En realidad, ya cuando era bebé nuestro hijo ha necesitado de un ambiente estructurado y repetitivo para ir ajustando sus biorritmos al ciclo de veinticuatro horas.
La luz, el ruido, el silencio, y sobre todo las rutinas o hábitos de sueño y comida, son las normas mediante las cuales ayudamos a nuestros hijos a acomodar su reloj biológico. Sí, por el contrario, descuidamos o no acertamos a establecer esa rutina, estaremos creando las condiciones para que ese reloj se desajuste y el chiquito no encuentre su ritmo ni su equilibrio. Podemos adivinar las consecuencias.
A los dos años, esos ritmos biológicos ya están bastante bien establecidos, pero los chicos siguen necesitando de hábitos estables para que su reloj biológico y anímico no se descomponga. Precisamente a esta edad son extraordinariamente ritualistas, aman y necesitan el orden y la repetición, cada cosa en su momento y en su lugar, lo que les proporciona sensación de confort y seguridad.Hay dos campos en los que es especialmente importante establecer rutinas estables: la comida y el sueño. Respecto de la comida, basta con presentar los elementos esenciales cuya presencia asociará el chico automáticamente al acto de comer: plato, cubierto, babero, mesa, silla-pero nada de juegos, televisión, cuentos o cualquier otra distracción o ayuda.
Es mejor empezar por porciones chicas y alimentos que a él le gusten, para poco a poco y sin forzarlo ir introduciendo sabores nuevos, también en cantidades pequeñas.
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