
Sin embargo, si se produce cualquier alteración en el orden, lo más probable es que el equilibrio del chico se modifique. Cuando sus horarios se descontrolan, todo lo demás se descontrola. Si un día duerme menos, no será raro que luego coma peor, llore más, no disfrute jugando, se queje por todo, proteste, se enoje…
Y no digamos lo que ocurriría si permitiésemos que comiese a cualquier hora y lo acostásemos un día a las ocho y otro a las doce. No sólo estaríamos malcriándolo, sino que estaríamos creándole un auténtico desequilibrio.
Si ese desorden se hiciese habitual, favoreceríamos ansiedades y miedos, inseguridad y desconcierto, lo que puede derivar en auténticos trastornos.
Es difícil que en un hogar se dé una situación tan anárquica como la que acabamos de describir, pero podemos acercarnos a ella en alguna medida, aunque sea algo antinatural. Y es que la naturaleza entera se rige por cadencias más o menos variables, pero siempre cíclicas: después de la noche viene el día, después del verano, el otoño. Un ritmo vital que varía según las especies y que tiene matices en cada individuo.