
Es bueno que cada uno de los mellizos se sienta reconocido por lo que es, por lo que le gusta, por lo que expresa y no sólo por ser hermano de alguien que tiene una cara igual a la suya y del que se supone que debe ser igual en todo lo demás. Este trabajo de diferenciación, que les corresponde a los padres, es arduo y comienza con el nacimiento.
Si son de distinto sexo el asunto se simplifica porque ya están discriminados espontáneamente. Por eso, cuando son del mismo sexo y hay peligro de confundirlos desde que son bebés, es necesario valerse de ciertos trucos (pulseritas, aros, o cualquier otro detalle). Y así, sabiendo quién es quién, será más sencillo darse cuenta de qué es lo que prefiere cada uno, y de qué modo especial se manifiesta.
A los pocos días de nacer mamá y papá ya saben que uno es más llorón que el otro, o más dormilón, o más comilón, y que reacciona ante ciertos estímulos de manera diferente. Estos son datos que surgen de la observación y del contacto con uno y otro separadamente. La consulta al pediatra es una buena oportunidad para dedicarle a cada uno su tiempo. Llevarlos a los dos el mismo día suele ser difícil para todos: si ya son grandecitos, mientras el médico atiende a uno el otro seguramente molesta. Pero independientemente de este aspecto, es importante tratar con el profesional su evolución por separado, ya que cada uno tiene su tiempo interno de crecimiento, y en la medida en que son dos personas distintas sus desarrollos son diferentes.

