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Todos los materiales resultarán realmente útiles si permitimos que los chicos los utilicen con libertad. No tiene sentido intentar dirigir su trazo cuando está dibujando “para que quede más lindo”. Tampoco sirve intervenir en sus juegos con frases como “la media va en la patita del oso” cuando el niño está poniéndosela en la mano a modo de guante. O bien, “así no se toca el tambor, te enseño cómo se hace”.
Nuestra tarea como padres no es criticar ni juzgar ni corregir. Es, sencillamente, observar, ayudarlos si nos lo piden, participar si ellos nos incluyen, procurar que no se hagan daño y disfrutar con el espectáculo.
Si nuestros hijos nos invitan a entrar en sus juegos, tenemos que mantenernos en un segundo plano y aceptar que son ellos los que mandan con su lógica infantil. Es decir, si nos sirve una taza de un supuesto té con la tetera al revés, lo correcto es exclamar “¡Qué
té tan rico!” y no “Da vuelta la tetera para servir”, o peor aún: “Deja, que lo sirvo yo”.
No olvidemos tampoco que algo que puede sofocar cualquier conato de creatividad es ponerse didácticos. Si el pequeño está pintando, no hay que decir “A ver, ¿qué color es éste? ¿Y ése? ¿Y el de más allá?…”. O si juega a formar una torre con cubos, intervenir con una frase pretendidamente educativa como: “¿Cuántos cubos hay aquí?” o “El cubo grande va primero, el mediano después y al final el más chiquito”.
El juego creativo perderá todo el interés para convertirse en una obligación. Cuando empiece el jardín, el pequeño tendrá oportunidad suficiente de aprender a contar, a nombrar colores, tamaños, formas y objetos.

