
Las cinco de la tarde; su hijo llega de la escuela cansado y con hambre. Al entrar deja los zapatos y la mochila tirados en el living. Usted también acaba de llegar a casa y no está menos cansada. Además, tiene que preparar la merienda. ¿Qué hace? ¿Recoge usted misma los bártulos? ¿Le descarga una seguidilla de rezongos al chico?
Lo mejor, por ahora, sería correr las cosas para que nadie tropiece con ellas. Después de merendar, y ya más descansados, habrá llegado la hora de recordarle al muchachito que antes de ponerse a hacer otra cosa, debe levantar lo que dejó tirado. Seguramente él no tendrá inconveniente en hacerlo, pero de haberle llegado un rato antes la orden el final no hubiese sido tan plácido.
No hay que olvidar que educar, lo que se dice educar, lo hacemos siempre, con cada actitud, con una palabra, con nuestra forma de ser. Pero para las medidas educativas concretas debemos esperar que el ambiente esté distendido, que el chico esté abierto a ellas y que nosotros no nos encontremos con la bronca a flor de piel.
Estos matices tienen mucho peso en la vida de una familia y no se pueden pasar por alto. No se es mejor padre ni se consiguen hijos mejores por actuar indefectiblemente y como por decreto ante cada travesura y rebeldía de los pequeños.
Hay una generación (o más de una) que hoy se lamenta de la forma estricta en que sus padres le pusieron límites durante su niñez y adolescencia. Son pocos los que les agradecen semejante rigidez, y si todos hacen un poco de memoria, en varias ocasiones les hubiese gustado tener más contemplación y permiso para actuar; sin el eterno condicionamiento que les advertía que, siempre, a una transgresión le seguía una reprimenda o un castigo.
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1 junio, 2009 a las 5:42 pm.
Mi mama no me deja coger un bus sola que porque le da miedo y tampoco me deja ir a fiestas y yo tengo 14 años que mamera que ago para cambiar d eparecer a mi mama