
Cuando el niño por fin nace, se puede decir que el vínculo afectivo ya se ha establecido formalmente. El recibe el cariño de ambos padres, pero el sentimiento es recíproco. Aunque en los primeros meses de vida el chiquito ha estado más ligado a su mamá que a su papá, a los dos les ofrece sonrisas y miradas. Es el principio del flechazo.
Al cumplir el año, el pequeño se siente más independiente y amplía las manifestaciones de afecto, casi de manera automática. Un simple mimo, un tirón de pelo, unos balbuceos… son auténticas pruebas de amor.
Es habitual que los padres que han tenido experiencias afectivas gratificantes, quieran transmitírselas a sus propios hijos. “Todas las noches, antes de acostar a mi hija, mi marido la toma en sus brazos y le narra un cuento antiguo de una princesita que enseñaba a besar. Según dice, la pequeña reacciona igual que él a su edad. Al finalizar la historia, ella le da las gracias con muecas, mimos y besitos”, afirma la madre de esta nena de 14 meses.
Los pequeños demuestran sus sentimientos afectivos de muchas formas y todas son válidas. “Mi bebé (13 meses) ya sabe caminar solo. Cuando me descuido, corretea por el pasillo. Al ir tras él, me sonríe y le gusta chocarse conmigo. Después, me abraza y besuquea mis piernas”, cuenta su mamá. Las carreras, empujones y encontronazos también se pueden considerar como verdaderas manifestaciones de amor.

