
Está claro que si nosotros no somos aficionados al arte ni disfrutamos de la visita al museo, difícilmente vamos a transmitir al chico ilusión y entusiasmo. Por eso, estaría bien que el museo fuera una especie de encuentro familiar, algo de lo que disfrutara toda la familia… y mucha más gente.
Un niño asombrado de la cantidad de obras que albergaba el Museo Nacional de Bellas Artes, preguntó de quién era todo aquello. «De todos los argentinos», le aseguraron.
Pero el chico insistía: «Pero ¿del Presidente o de quién?». Cuando se convenció de que era de todos y, por lo tanto, también algo suyo, se sintió importante.
Hacerles partícipes y conseguir que interactúen con las obras es la mejor forma de inculcarles amor por el arte. De hecho, casi todas las pinacotecas que ofrecen programas infantiles cuentan con talleres en los que los chicos ponen a prueba su destreza.
En resumen, si no disfrutan, no amarán el arte. A estas edades, lo que les gusta es jugar, reír, moverse, sentirse grandes… y si pueden hacer eso en un museo, les encantará. La buena noticia es que hoy en día sí pueden encontrar todo esto en los lugares destinados a la creatividad.
Son el espacio ideal para entender y asimilar muchos conocimientos, para aprender historia, para conocer y respetar otras culturas bajo una premisa fundamental: la diversión.
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