
Nuestra actuación es esencial en estos primeros años en los que las conductas todavía no se han fijado. Los padres tienen la responsabilidad de saber cómo y cuándo actuar, para prevenir que este comportamiento se instaure y se refuerce en el chico.
El punto de partida es aprender a decir no cuando es justificado. Una norma básica es que, una vez que se ha negado algo, es necesario mantener la postura, para que el pequeño no vea una debilidad; necesita firmeza y mucho cariño.
Justo a la hora de la comida, se le antoja un helado gigante. El niño llora y patalea; la madre termina cediendo. ¿Qué aprende el niño? Que a fuerza de resistencia, siempre consigue lo que quiere.
Esto no implica que tengamos que ser inflexibles. Tan nocivo es decir que sí como no por sistema. Lo lógico es encontrar un equilibrio entre lo permitido y lo negado. En la medida de lo posible, hay que evitar que haya días, semanas o períodos en que a todo se le diga que no.
Se aconseja resistir con paciencia y mantener el no. Y, si se nos ablanda el corazón, cambiar el objeto deseado por algo que no sea material, nunca después de la rabieta. Se le puede decir: “Como te portaste bien, esta noche vas a jugar un rato más antes de acostarte”; “Vamos a preparar juntos una torta para mañana”; “Iremos al zoo este fin de semana”…
Hay que evitar a toda costa que los chicos recurran siempre a lo tangible; enseñarles a valorar otros aspectos, como juegos, salidas, actividades… Es más sano y no terminarán siendo eternos pedigüeños.
Paciencia, resistencia y sabiduría. Así se pueden resumir las claves de una buena educación para prevenir conductas que no toleran la frustración. El arma fundamental que tienen los padres es la argumentación, por supuesto, al nivel del chico. Siempre conviene explicarle por qué no podemos darle lo que pide.

